Image

El ser humano, aparte de ser un animal político (ζῷον πoλίτικoν, zóon politikon) tal y como sentenció Aristóteles -él, tan rotundo y tan filósofo, con la categórica maestría de la que sólo los filósofos clásicos pueden alardear-, es, también, un animal fantasioso, dado a la imaginación, a la divagación, a una entrega profunda a lo onírico. En resumidas cuentas, nos encanta sumergirnos en condicionales de la talla de “y si…” sin límite alguno, sin ataduras. Ya desde la niñez nos entrenamos exhaustivamente con el objetivo de perfeccionar esta técnica que, si me permiten la expresión, no es moco de pavo.

De vez en cuando -más de lo que quisiera, pero una no es perfecta-, me permito recrearme en esas divagaciones, fruto, en gran medida, del cansancio y la espesura mental que producen los quehaceres obligatorios de la vida profesional. Y hoy, sin venir a cuento -o quizás sí, pues el cuento ya vino con la cartilla de nacimiento- me he perdido entre un mar de vídeos de cine noir, y he recordado a la magnífica Gilda, protagonizada por la despampanante y exquisita Rita Hayworth, y no he podido evitar sentir un pinchazo de envidia -llámenla sana si quieren, aunque yo nunca he creído en la suavización de los términos, y la envidia tiene nombre y apellidos, sea sana o enferma, que ya lo decía el gran Francisco de Quevedo: “la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”-.

Image

Y es que, siendo sinceros, y con la mano en el corazón, sobre la Biblia y/o demás parafernalias, esta mujer es una señora mujer. Una mujer de bandera, de las que ya no quedan, una mujer de los pies a la cabeza: atractiva -que ya no sólo guapa-, astuta, inteligente, sagaz, capaz de quitarle el hipo a cualquiera e inducirle un episodio asmático. Y ya no hablemos de la pérdida del habla. Con ello ya contaba de antemano.

Si yo hubiese nacido hombre, y al hablar de estos tiempos que corren estuviésemos hablando de los años 40, estaría irrevocablemente enamorado de una mujer así.

¿Y por qué? Por una sencilla razón: la maravillosa figura de la femme fatale, tan deseada y tan temida por hombres cuerdos -y no tan cuerdos- y por toda chica bien que se precie. Cuán poderosa es la femme fatale, sus formas, sus ademanes y poses, su mente calculadora que rezuma agudeza, su picardía y su profundo conocimiento del instinto masculino. Ésta es la sencilla razón que engloba otras muchas razones. Ya no existen mujeres fatales encantadoramente ingeniosas e ingeniosamente encantadoras cuya mejor arma era la insinuación. Y recalco la palabra.

Se ha perdido el arte de insinuar. Ahora todo está expuesto, todo se muestra, nada se deja a la imaginación. Y, recordemos, la imaginación es un juguete con el que crecemos, maduramos y envejecemos, un juguete sin edades y sin reglas, un juguete fantástico, maravilloso, que puede presentarnos en bandeja de plata los boccato di cardenale más exquisitos jamás imaginados por un sibarita.

Y esto es así. Vivimos en una constante pornografía que todo lo muestra -sin juegos, sin tensiones- que no nos deja con las ganas de más, pero tampoco de menos. Y así llega el tedio, el aborrecimiento a lo visible, y con ello el aborrecimiento a lo que sólo insinúa, por ser considerado -erróneamente- inferior o falto de más.

Y fíjense cómo ha cambiado la situación, que cuando Gilda fue estrenada en España tuvieron que censurar la escena en que Rita Hayworth se quita un guante mientras canta Put the blame on Mame por considerarla excesivamente erótica.

 

Y ahora asistimos a la tensión palpable de millones de fans ansiosas -porque son mujeres en su mayoría- que esperan impacientes el estreno de la primera película de la saga Cincuenta sombras, de literatura -rosa, algo camuflada por haber sido tachada de erótica- tremendamente explícita.

Literatura, cine y demás productos culturales para tontitos. Y así estamos.

Pero ése es un tema del que ya hablaré más adelante.

Volviendo a Rita: sensualidad, belleza, inteligencia, dulzura y perversión. Qué gran cóctel. Quién fuese Glenn Ford, o Humphrey Boggart, ya puestos, para seducir a semejante fémina. Y no sólo a ella, sino a las otras muchas mujeres fatales míticas del cine noir: Gene Tierney, Ava Gardner, Lauren Bacall, Marilyn Monroe, Lana Turner… Una larga lista se despliega ante ojos ávidos.

Quién fuese hombre en los años 40. Quién fuese la propia Rita Heyworth.

Anuncios