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Darse a la mala vida y volver. Renacer. Como el ave fénix, de sus cenizas. Menudo tópico, ¿no es cierto? ¿No sería maravilloso poder incendiarse y, sencillamente, volver a la inocencia de la niñez? “Curiosas criaturas, los fénix”. Qué cabrones.

La historia se repite: el niño quiere ser adulto; y el adulto, en su infinita madurez y sabiduría, desea volver a lo imposible, siendo consciente al fin de que algo maravilloso le fue arrebatado de las manos un buen día.

Pero dejemos este tema aparte. No tengo una buena percha, como se diría en el mundillo periodístico, para seguir manteniendo tal hilo en la conversación que mantienen mis pensamientos, tan dados a divagar y a abrir paréntesis que, de tanto acumularse, nunca llegan a cerrarse y se mantienen ahí, en vilo, como esperando a la palabra definitiva que les ponga un punto y final. Pero la palabra nunca llega, y se quedan de pie, con la mirada perdida, esperando mientras encienden un cigarrillo y dirigen la mirada al cielo buscando una respuesta. La palabra, femme fatal, viperina. Los tiene completamente descolocados. Qué mujer.

Dónde está mi mente, se preguntarán. Queridos camaradas, ni yo misma lo sé. Como he comentado, mis pensamientos corretean por otros lares, y sólo me han dejado a mi querida verborrea como compañía. Y aquí anda, echándose unas risas con un bourbon en la mano. Dice que la ayuda a envalentonarse. Y vaya si lo hace. No lo suelta ni a tiros. Hemos tenido un pequeño forcejeo, la embriaguez la vuelve pesada.

La ciudad me parece distinta y ya no soy capaz de pasear sola por mis rincones predilectos. Habrá que buscarse otros. Es lo bueno de Madrid, hay mucho por explorar y descubrir. Aún tiene mucho jugo que ofrecer, mucho por sorprender. Es una dama de mil caras. Pero para ello, es necesario desprenderse de cierto regusto amargo. La ciudad ya no es la misma y es difícil contemplarla con el mismo aire de inocencia y esperanza. ¿Alguna vez han tenido tal sensación? Me tiene desconcertada.

Y aquí les dejo, con mis cavilaciones, sin otro propósito que el de ser escritas. A veces la sensación de liberación parece mayor si se publican en un blog que si se guarda en Mis Documentos, en una hoja de Word. Al menos, así hay cierta posibilidad de que estas pocas líneas sean leídas y alguien pueda entretenerse negando por lo bajo ante la loca que parece hablar con alguien y, en realidad, sólo presiona unas teclas en un pequeño portátil que, de tantos programas y cosas en marcha, podría explotar de un momento a otro.

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