He tenido el vedadero placer de disfrutar de una desconexión completa respecto a todos los problemas que se ciernen sobre España. No me detendré a mencionarlos, puesto que es absurdo, redundante, y me parece, ya no sólo tedioso, sino también de muy mal gusto, y nunca me ha gustado mezclar churras con merinas, aunque la fauna autóctona española no sea uno de mis fuertes (lejos quedan ya mis recuerdos de El hombre y la tierra de Félix Rodríguez de la Fuente). Así que, tras esta breve explicación y excusa por aparente desaparición, reemprendamos la marcha donde la dejamos.

Play it again, Sam

Dejando a un lado eso, hoy querría hablar de Sueños de un seductor o Play it again, Sam (título original), película dirigida por Herbert Ross basada en la obra de teatro homónima de Woody Allen.Woody Allen encarna el papel de un cinéfilo recién divorciado, completamente nulo en el arte de la seducción, que mantiene constantemente conversaciones con un imaginario Humphrey Bogart, su modelo a seguir, que a lo largo de la trama le brinda consejos para enamorar a sus citas como buen galán.

Como en toda película de Allen que se precie, el protagonista no obtiene con facilidad sus propósitos, y se enreda en un triángulo amoroso con su mayor confidente, la mujer de su mejor amigo (Diane Keaton).

Es sencillamente divertida, con agudos toques de humor sarcástico y patético que te arrancan una sincera carcajada mientras niegas con la cabeza, tratando de borrar de la mente la desastrosa acción que transcurre en escena. Es inevitable sentir una mezcla de simpatía, vergüenza ajena y compasión por el protagonista. Una película perfecta para empaparse de los primeros pinitos de Woody Allen como guionista.

No sé si será porque últimamente sus películas me han decepcionado un poco, porque el día que decidí verla me pilló con buena disposición, o por qué motivo, pero debo decirles que aún no había visto esta película y su personaje me atrapó por completo, probablemente por su carácter anti-héroe al que el director nos tiene acostumbrados.

Así que ya saben: siéntense en el sofá, preparen un aperitivo ligero y, a ser posible, busquen buena compañía: diálogos divertidos, situaciones absurdas y sentido del humor al más puro estilo Allen, siempre con ese trasfondo psicoanalítico-freudiano suyo tan característico.

Les dejo con un fragmento del principio:

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